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miércoles, 4 de agosto de 2010

Un poema de Century Gothic Punto 10 o El libro de actas de los sonámbulos

Estoy leyendo Century Gothic Punto Diez, del escritor y artista Alejandro Marré. Anoche fui a la presentación de este poemario (donde, como en un momento de telenovela, me hubiera gustado lanzarle una copa de vino a alguien que sostenía el micrófono, solo para que reaccionara), y me fue grato compartir con un tipo sensible y talentoso como él. Ahora, transcribo:

"Que se permita matar
no es el problema.

La palabra permitir
siempre trae consigo
cierta manera delincuente.

Que tengamos que...
que debamos.

Solos ante los mandatos,
frágiles ante los dictados,
con nuestra cátedra de relevos
aprendida de memoria".

lunes, 12 de julio de 2010

La muerte de la poesía

Desde los anuncios publicitarios hasta la más cotidiana de las conversaciones suelen argumentar que se basan en “hechos científicos” o en datos “clínicamente demostrados”. Esta manía por “lo científico” no es nada nuevo y ya la argumentó mucho mejor Thomas Kuhn.

Sin embargo, a criterio muy personal, creo que algunas disciplinas en su afán de ser aceptadas dentro de la academia científica han renegado de sus conocimientos cualitativos (que, por supuesto, también son científicos) y han ido en pos de datos cuantitativos que poco tienen que ver con la esencia de su especialidad. Estos serían los casos de la psicometría, la sociología, la evaluación pedagógica y la lingüística, por mencionar algunos.

Además de la ciencia positiva, existen otras formas de conocimiento que también son válidas (y no hablo de la religión, como buen agnóstico, conste) pues no todos los métodos que existen son el inductivo y el deductivo. Recordemos que la “ciencia” es solo una forma más de conocer y, por cierto, una de las más nuevas y cambiantes que conoce el ser humano.

Una de estas formas “alternativas” de generar saberes es el arte (a pesar de ser milenario). Como señala Nietzsche, al racionalizar el arte (en este afán de positivizarlo todo) este pierde su esencia dionisiaca y nos enfrentamos a su muerte. ¿Cómo se racionaliza/muere el arte? ¡A través de los absurdos intentos de crear categorías o etiquetas para todo! Por lo tanto, la racionalización del arte ha llevado a su “organización” en géneros, movimientos, artes poéticas y otros engendros demoniacos similares.

Específicamente en el área de la Literatura en español, los géneros literarios se han racionalizado tanto que han terminado por crear separaciones esencialmente absurdas. Por ejemplo, actualmente la lírica se ha separado de la música; en español hoy le llamamos “letra de canción” a los poemas líricos de los músicos (ojo, no poetas) mientras que en inglés, por citar un ejemplo, aún se mantiene el término lyrics.

Esta excesiva racionalización científica –lado apolíneo- ha dejado atrás la oscuridad dionisiaca donde se acomoda (acurruca) el mito; por lo tanto, el arte se ha desmitificado.
En lo personal, experimenté esta disociación cuando en la UVG se me negó el permiso para hacer mi tesis de Literatura sobre la lírica del rock guatemalteco de la década de 1990; me dijeron, básicamente, que eso “no era poesía sino música”.


P.D.: hablando de Nietzsche, si la ciencia mató a Dios… ¿qué pasará cuando se sacralice la ciencia (como en la Cienciología)?

viernes, 25 de junio de 2010

De Parménides a Borges


Por Javier Martínez

He de admitir que durante mi primera adolescencia (voy como por la sexta, y cada vez más huraño) estaba deslumbrado por el boom latinoamericano, especialmente por Julio Cortázar, quien ya es un lugar común en todo lector de mi generación. Conforme fui leyendo, me empalagué de este tipo de literatura hasta que vomité con Isabel Allende. Por el contrario, debo admitir con toda vergüenza que fue hasta mi primer año de Letras que me interesé por los griegos presocráticos, quienes en vez de empalagarme me siguen atrayendo. De hecho, hoy leía un poema ontológico de Parménides titulado Lo pat-ente según el Ente y resulta que, según este señor, “…del Ente es ser; del Ente no es no ser”. En otras palabras del mismo autor:



“Nunca jamás en esto domarás al no-ente: a ser


Fuerza más bien al pensamiento


A que por tal camino no investigue”


Con esta cita, la relación entre Parménides y Ludwig Wittgenstein se hace evidente: el primero se adelantó más de dos mil años a la famosa frase del vienés, “de lo que no se puede hablar, es mejor callar”. Me sorprendió la relación, no por la similitud del mensaje sino porque me asombra cómo redescubrimos, una y otra vez, el agua azucarada.

En otro apartado de su poema, Parménides se adelanta también unos cuanto milenios al Racionalismo cuando afirma que “…es una misma cosa el Pensar con el Ser”, por lo que el pobre Descartes con su “…pienso, por lo tanto existo” queda como un simplón, sin mencionar que ya también el árabe Avicena había hecho reflexiones similares durante la Edad Media.



Hablar de Avicena siempre me lleva a pensar en Borges; para mí es como uno de esos ejercicios de asociación donde los psicólogos le muestran a uno una hoja llena de manchas fálicas. La asociación Avicena-Borges me llevó a reflexionar que con un solo cuento, “Las ruinas circulares”, el argentino echa por tierra 27 siglos años de filosofía. En esa obra, Borges demuestra cómo en vez de “pienso, luego existo” la cuestión es: sueñas, ¿existo?

viernes, 28 de mayo de 2010

Concursos y teorías

Por Javier Martínez



Siempre he estado en contra de los concursos literarios; una de mis tantas razones es que los supongo meras justificaciones para que pequeños grupos se premien y alaben mutuamente, alimentando sus egos necesitados de reconocimiento.





Creo, sin embargo, que también pueden existir concursos realmente válidos donde no haya servilismo, negociaciones bajo la mesa ni intereses editoriales de por medio. Aún, en estos casos, dichas premiaciones me siguen pareciendo absurdas porque son los jueces y el método de evaluación en sí (cualquiera que este sea) los eslabones más débiles de la cadena.



Según Wolfang Iser y su teoría de la recepción estética, el lector (juez, en este caso) no es un elemento pasivo en el proceso comunicativo de la Literatura; por el contrario, Iser lo ubica en una jerarquía similar a la del autor porque a través de su lectura la obra se crea y reinterpreta constantemente, alcanzando —de mejor o peor manera— el fin último para el que fue creada.



La Escuela de Constanza, como también se le conoce en la teoría crítica a la propuesta de Iser, nombra a este proceso semiótico como “lectura creativa”. También afirma que, como el teatro solo es teatro cuando de monta en escena, ninguna obra literaria es tal hasta que no haya sido efectivamente leída, y que cada lectura es siempre diferente: tanto porque cada persona tiene su propia interpretación como porque una misma persona que relee variará su interpretación con base a su dinámico contexto sociocultural. Queda, entonces, la obra literaria convertida en un significante maleable, lleno de “espacios vacíos” (así los llamó el propio Iser) susceptibles de recibir cualquier significado que el lector-intérprete quiera (o pueda) asignarles. ¿Qué pasa, entonces, si la obra concursante sufre de una pobre interpretación por parte del juez?



La teoría de la recepción estética implica, por lo tanto, que a pesar de cualquier esfuerzo artístico y literario del autor concursante, la evaluación de su obra estará siempre limitada a la interpretación que el juez-lector pueda darle; esto no está muy lejos, como podrán imaginarse, de la primera propuesta filosófica de Ludwig Wittgenstein cuando decía que “de lo que no se puede hablar, es mejor callar”. ¿Qué pasa si la interpretación que el autor necesita para su obra queda precisamente en esa área lingüística del juez-lector de la que Wittgenstein le aconsejaría callar?



Iser llamó “lector implícito” a este tipo de lector que limita la intensidad de la obra. Humberto Eco, por el contrario, propone que el autor dirija su obra a un lector hipotético, perfecto, ideal, cuyas competencias lectoras y cultura general sean tales que, en vez de limitar la obra, la enriquezca. A tal concepto Eco le llama “lector modelo”, pero esto no resuelve el asunto pues, de una u otra manera, todo escritor (concursante o no) espera que sus lectores sean del tipo modelo y no implícitos.



¿Cómo puede valorar un juez (o cualquier lector) una obra literaria cuando es su mismo ser lo que genera su mediocridad y no un factor intrínseco de la misma? ¿Es ingenuo el autor que presupone a sus receptores como lectores modelo y no implícitos? ¿Queda, entonces, ontológicamente degradado el arte literario en el caso de lectores y editores con interpretaciones insulsas? ¿La “obra maestra” está en la mente del lector y no plasmada en el texto? ¿Puede, según Eco, el lector modelo encontrar arte en el más pueril y panfletario de los textos como Marcel Duchamp encontró arte en un urinal? ¿Puede una misma palabra o frase generar reacciones distintas en la interpretación de cada lectura? Si tal es el caso, ¿qué pasa con lectores extraordinarios como Borges?, ¿se maravillarían ante un texto comercial porque su mente lo refiere –inexplicablemente- a mundos inefables?, ¿es el Aleph “más Aleph” ante los ojos de Borges que de Carlos Argentino Daneri?

viernes, 21 de mayo de 2010

De mayúsculas diacríticas y otros demonios


Por Javier Martínez

El otro día un autor me planteó una duda interesante. En un texto él escribió “Constituciones políticas” (así, en plural) con mayúscula a la mitad de una oración. Yo entiendo que Constitución lleva mayúscula por ser el nombre propio del documento o, que es lo mismo, por ser el título de dicha publicación. Sin embargo, al variar el término al plural deja de ser el nombre propio de una ley y, al mismo tiempo, tampoco permite aplicársele el caso de la mayúscula diacrítica que distingue entre “la Constitución” y cualquier otra constitución en cuanto a que se refiere a un conjunto de constituciones donde cada una tendrá su respectivo nombre propio.



Tal caso me llevó a plantearme: la mayúscula diacrítica nos permite diferenciar entre el sustantivo común cuando se presenta en baja y el propio cuando está en alta; esto significa que “En el aula se eligió un presidente” la palabra “presidente” tiene una función distinta a “El distinguido Presidente entró en el salón”. Y he aquí la duda existencial: ¿y si son dos presidentes? ¿Debería decir: “Los distinguidos Presidentes entraron al salón” en el sentido que hago referencia a las personas, con nombre propio, y no al sustantivo común? Sorpresa: la RAE dice que sí, que estos casos llevan mayúsculas. Encontré, gracias a la sugerencia del mismo autor nicaragüense que planteó la interrogante, que en el Diccionario Panhispánico se ofrece el siguiente ejemplo: “Europa es importante para los Gobiernos, pero sobre todo para los ciudadanos”.
Presenté la duda a Luis Guillermo, quien correctamente me sugirió guiarme por un criterio pragmático (en cuanto la disciplina lingüística, Pragmática). Si no entendí mal, su opinión era que la mayúscula diacrítica permite distinguir entre dos acepciones de un mismo vocablo y que, a menos que en el contexto exista la posibilidad de confundir al lector, da lo mismo usar la mayúscula o la minúscula; esto sumado al “uso excesivo de la mayúscula” me lleva a elegir la minúscula.

En este sentido, comprendo y creo que su opinión es totalmente coherente con la Lingüística Moderna de Saussure donde lo que importa es lograr la comunicación en sí. Pero ahora me pregunto, ¿es este el sentido real de la función diacrítica en la semántica? Pensemos en el caso de los pronombres. Planteo: si la tilde diacrítica me permite distinguir entre “el” (artículo) y “él” (pronombre) pero uso dependiera del contexto, entonces puedo escribir: “Cuando el venga podremos irnos” en cuanto que ese pronombre “el” no podrá confundirse con un artículo en el contexto de la oración planteada. Pareciera que esta lógica, aunque engañosa, se corrobora con el caso de “solo” y “sólo” que entre nosotros se utiliza indistintamente sin tilde precisamente por el mismo criterio diacrítico-contextual.