




A inicios de este mes (el 1º de julio 2010) en El Salvador se aprobó una ley que de verdad me preocupa y escandaliza: para combatir la violencia de las maras, el Congreso aprobó la lectura diaria y obligatoria de la Biblia en todos los centros educativos.
Según el partido GANA, que apoyó esta absurda ley, “se instituye la lectura de pasajes de la Biblia de forma diaria sistemática en todos los centros educativos del país, hasta siete minutos, previo al inicio de actividades académicas de la jornada matutina, vespertina o nocturna, sin entrar en comentarios religiosos, sectarios o denominacionales”. Se supone que el espíritu de la ley es “rescatar valores ante la situación de violencia del país”; pero hasta donde sé, el ser humano siempre está “rescatando valores”, como si se perdieran constante y generacionalmente. ¿No será la memoria la que se pierde?
Mi posición apateísta (básicamente que los dioses, las religiones y la metafísica me importan un pepino) me lleva a preocuparme por la obvia intolerancia que esta práctica oscurantista puede generar en un pueblo ignorante, hambriento y asustado (como también lo somos los guatemaltecos). Entiendo que siendo la Biblia una épica religiosa haya personas que encuentren en ella enseñanzas morales; sin embargo, si ese es el caso, también debió ser obligatoria la lectura de otros libros religiosos como el Corán, el Popol Wuj, el Ramayana, los Vedas y tantos otros similares.
Si se quiere promover valores a través de la lectura (qué triste que la Literatura caiga en un mero funcionalismo) se debería promover la pluralidad y enseñar valores no religiosos de diferentes culturas, y así promover la lectura del Arte de la guerra, las fábulas de Esopo, Edipo Rey, Las flores del mal o la trilogía de Hesse (Demian, El lobo estepario y Siddharta), entre miles de obras más.
Sin embargo, la lectura de un libro que reclama para sí la única verdad divina (¡¿?!) me parece peligroso y, en ese caso, incluso preferiría que el Estado salvadoreño promocionara obras de "superación personal" como los libros de Deepak Choppra, Cuauhtemoc Sánchez, César Guzmán e incluso ¿Qué onda con Carlos Peña?
Por otro lado, como antropólogo, no puedo ser ajeno a esta situación y me planteo:
Me surgen mil preguntas más como cuál versión de la Biblia leerán o cómo lograrán no hacer comentarios religiosos, pero es seguirle dando vueltas al mismo asunto. Mi mensaje principal es que ojala en Guatemala no lleguemos a promover leyes intolerantes y demagógicas como esta, ahora que estamos ante un año electoral donde muchas de las propuestas políticas tienen bases religiosas. No es una preocupación tan lejana si recordamos que ya tenemos antecedentes como la Ley seca y la de censura al cine y la televisión (no se pueden exhibir contenidos que una comisión intereclesiástica considere “pornográficos”, para quienes no lo sepan).

