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jueves, 20 de enero de 2011

Preámbulo a las instrucciones para dar carga al celular*

Piensa en esto: cuando te regalan un celular te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el móvil, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, japonés con conexión wifi; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te meterás a la bolsa y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que casi hay que atar a tu cuerpo. Te regalan la necesidad de conectarlo todos los días, la obligación de cargar las baterías para que siga siendo un celular; te regalan la obsesión de atenderlo en las vitrinas de las joyerías, durante el anuncio por la radio, mientras usas otro servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás móviles. No te regalan un celular, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del celular.


*Paráfrasis de "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj" en Historias de Cronopios y de Famas" de Julio Cortázar.

lunes, 11 de octubre de 2010

¡El libro ha muerto, viva el súper ebook!


Con esta paráfrasis de Nietzsche* se resume un tema actualmente popular: la profecía de la desaparición del libro impreso. Sin ir muy lejos, la semana pasada se publicaron varios artículos al respecto aprovechando la inauguración de la 62ª Feria del Libro en Frankfurt, Alemania.

En este mismo blog he expuesto ya mi incredulidad en el iPad como producto diferenciado de una eeePC excepto por el precio. ¡No es más que una netbook con pantalla táctil grande! En esta ocasión, me sumo a los que dudan que este dispositivo (o cualquier otro lector como el Kindle) desplacen a los libros impresos meramente por sus “mejoras” técnicas. Un argumento básico sería el precio de estos aparatos que está entre US$ 140 y US$ 750, ¿cuántos buenos libros de bolsillo se pueden comprar con esa cantidad? ¡Y sin preocuparse por romperlos, infectarlos, actualizarlos o recargarles las baterías! Otras ventajas del libro impreso son que se pueden leer de inmediato y reciclarse.

A criterio personal, no creo que la verdadera esencia del debate deba ser si los lectores electrónicos desplazarán al libro impreso sino reflexionar sobre otros aspectos como la calidad de los contenidos literarios e informativos que se distribuirán o la libertad editorial que estas nuevas tecnologías permiten al escritor. En otras palabras, el iPad y el Kindle (como cualquier otro aparato que permita navegar en intenet y leer documentos) ofrecen dos ventajas (liberarse del criterio comercial-editorial y facilitar la distribución masiva) y un peligro (perpetuar la literatura light y el amarillismo).
A nuestro medio no le son ajenos casos como el de Margarita Carrera, quien para publicar su primer libro tuvo que vender su carro (y para cuando me contó esta anécdota no había vendido el último ejemplar), o el de un amigo que fundó la hipotética editorial “¡Con mi pisto sí se pudo!” para publicar su poemario. Es un alivio que ya existan en el país ciber-editoriales como Libros Mínimos, donde se pueden descargar gratuitamente eBooks como la novela “A puerta cerrada” de nuestro conocido Luis Fernando Alejos.

Sin embargo, la reflexión debe hacerse sobre por qué los lectores no usan aún masivamente estos recursos que ya son viejos a nivel mundial (¡por lo menos tendrán una década de existir!). Usualmente se bajan obras difíciles de conseguir (yo bajé el Corán antes de que el 9/11 lo pusiera de moda, por ejemplo) o libros excesivamente caros (conseguí gratis, por ejemplo, “Vigilar y castigar” de Foucault cuando en Sophos vale Q. 210) pero no se suele descargar literatura que ha sido creada para estos fines específicos.

En mi experiencia personal, he leído dos libros en este formato y no me arrepiento de haberlo hecho: la citada novela de Alejos (que para su mayor curiosidad trata, entre otras cosas, de una relación sentimental entre dos trabajadores de una casa editorial guatemalteca) y “Un día después del Juicio Final” de Luis Aristizabal. De la primera prefiero no opinar pues ya platiqué, personalmente con Luis, del tema; pero de la segunda, puedo decir que es una novela interesante con escenas muy bien logradas aunque algunos detalles rompen (casi traumáticamente) la ficción literaria. Imagino que esta novela no pasó por ningún tamiz editorial y es una verdadera lástima porque no llegó a ser la excelente obra que se adivina al fondo.


¿Será esa falta de edición por lo que no “pegan” los libros gratuitos en Internet? ¡Tal vez, pero tampoco debe obviarse que seguramente la joya literaria del siglo XXI será publicada, primero, en estos medios on-line!

* ¡Dios ha muerto, viva el súper hombre!

martes, 24 de agosto de 2010

Trabajo en progreso

"The road to hell is paved with works-in-progress". Philip Roth

Esta frase la "retweeté" o compartí en Twitter ayer. Se me quedó grabada en la mente. Duffboy debe retomar ciertos proyectos. Aquí pueden encontrar otras citas de Roth, autor que desconozco lamentablemente (solo he visto la adaptación fílmica de The Human Stain).

miércoles, 4 de agosto de 2010

Un poema de Century Gothic Punto 10 o El libro de actas de los sonámbulos

Estoy leyendo Century Gothic Punto Diez, del escritor y artista Alejandro Marré. Anoche fui a la presentación de este poemario (donde, como en un momento de telenovela, me hubiera gustado lanzarle una copa de vino a alguien que sostenía el micrófono, solo para que reaccionara), y me fue grato compartir con un tipo sensible y talentoso como él. Ahora, transcribo:

"Que se permita matar
no es el problema.

La palabra permitir
siempre trae consigo
cierta manera delincuente.

Que tengamos que...
que debamos.

Solos ante los mandatos,
frágiles ante los dictados,
con nuestra cátedra de relevos
aprendida de memoria".

jueves, 29 de julio de 2010

El día que ella lloró

No sé que cruzó por mi mente cuando le dije a Kathy, mi esposa, que Year of the Dog (El año del perro) era una "feel-good movie", una de esas películas que nos dejan sintiéndonos bien después de verlas (Amelie es un ejemplo recurrente cuando hablamos de este tipo de cine). Pocas veces la he visto llorar tanto. La ópera prima como director del también guionista Mike White centra su historia en Peggy, una secretaria con un vínculo muy cercano a Pencil, su beagle cachorro. La muerte de él se convierte en un detonante para la transformación personal de Peggy, interpretada por Molly Shannon como una mujer dulce, con dificultades para encontrar amor del tipo romántico, pero con suficiente bondad en su corazón para abrazar la causa de los animales, incluso a expensas de su carrera y de sus relaciones familiares.

Mientras leo Eating Animals de Jonathan Safran Foer (y recuerdo las lágrimas de Kathy ante una representación del sufrimiento animal, la frustración ante las injusticias a las que se someten perros, animales de granja y demás terrícolas) reflexiono sobre las contradicciones diarias en las que nos vemos envueltos al tomar (o no tomar) en cuenta a otras especies animales, en asuntos a veces tan aparentemente sencillos como lo que comemos. Estas decisiones, como lo señala Safran Foer, tambien repercuten en el medio ambiente; esto podría, además, ser otro incentivo para reflexionar sobre lo que llega y cómo a nuestros platos:

"Our situation is an odd one. Virtually all of us agree that it matters how we treat animals and the environment, and yet few of us give much thought to our most important relationship to animals and the environment. Odder still, those who do choose to act in accordance with these uncontroversial values by refusing to eat animals (which everyone agrees can reduce both the number of abused animals and one's ecological footprint) are often considered marginal or even radical".

martes, 22 de junio de 2010

Dios nos dio petróleo, nosotros lo regamos


Hace unos minutos leía un artículo acerca de la estrategia mediática de BP, la empresa petrolera responsable de la catástrofe ecológica de hace algunas semanas, y recordé este diálogo de una genial película, I Heart Huckabees:

Mr. Hooten: God gave us oil! He gave it to us! How can God's gift be bad?



Tommy Corn: I don't know. He gave you a brain too and you messed that up pretty damn good.


Mr. Hooten: I want you sons of bitches out of my house now!


Tommy Corn: If Hitler were alive, he'd tell you not to think about oil.


Mrs. Hooten: *You're* the Hitler! We took a Sudanese refugee into our home!

Tommy Corn: You did. But how did Sudan happen, ma'am? Could it possibly be related to dictatorships that we support for some stupid reason?
 
Sin duda, el ser humano es muy ingenioso para hacer de su vida algo muy cómodo, sin importar el precio. Lo triste es que futuras generaciones heredarán nuestra falta de visión. Como dicen los delfines en la Guía del Viajero Intergaláctico: "adios, y gracias por todos los pescados".
 
Imagen: vía sofuckingbeautiful

martes, 15 de junio de 2010

La bibliografía de Iron Maiden


Ayer le compartía a Giovanni mi sorpresa al leer sobre la influencia de H. P. Lovecraft en un videojuego icónico, Castlevania. La presencia de literatura en videojuegos es algo innegable, me decía, y confirmaba su apreciación con muchísimos ejemplos. Hoy me topé con un artículo sobre Iron Maiden, la banda británica de metal progresivo, y su fascinación por las referencias literarias. Aunque no aparece Lovecraft (a quien todavía no descubro), y no tenga acceso a los videos que lo acompañan, vale la pena hacerse la pregunta (como estudiantes que fuimos, y seguimos siendo): ¿leer o rockear? El artículo está en inglés y nos pone en evidencia esos bárbaros híbridos de la cultura popular. Abran sus oídos y sus mentes, amigos y amigas, y vean cómo estas piezas rockeras podrían complementar la lectura de obras como Lord of the Flies, Brave New World y The Murders in the Rue Morgue.

miércoles, 2 de junio de 2010

Miscelánea para volver

Por Eduardo Villalobos


No había leído el blog, y ahora encuentro una atmósfera, digamos, distinta. El blog es un espejo, pienso. El blog, como nosotros, cambia de humor o se entristece o se aburre o se pone más o menos teórico o de repente lanza una broma infantil, casi una mueca, casi un berrinche. También, como los niños, se prepara para la fiesta y para el desorden.

¡Ve qué bonito!, diría Paula.

Lo cierto es que encuentro discusiones bastante estimulantes.

Luis Guillermo, en un registro que recuerda mucho a Hegel, nos pregunta una pregunta que lleva siglos preguntándose: ¿qué es el arte?, ¿qué se puede considerar como tal?, ¿existirá realmente?

Yo digo que sí, a pesar de Hegel.



Merda d'artista, 1961. Piero Manzoni


Y digo más: el arte es un lenguaje depurado (sea este visual, sonoro, escrito, cibernético…) que nos devela nuestra propia condición.

Y agregaría:

Pero no es solo lenguaje, es también una estructura.

Incluso los ready-mades de Duchamp poseen una estructura (voltear el mingitorio implica ya una estructura, es una composición). Y también las instalaciones y los happenings, cuando son buenos.

Su función no es moralizante ni teórica sino fundamentalmente emotiva. De allí el fracaso de la fábula, y también el error teórico de Hegel.

En esa grieta también entreveo el derrumbamiento del arte posmoderno (perdón por la falta de fe).

Y a cada cual le gusta lo que quiera. A Virginia Woolf, por ejemplo, le pareció que el Ulises de Joyce era una obra aberrante. A Lope de Vega nunca le gustó Cervantes. Y viceversa.

Lo que existe es una convención, que ni siquiera es estática, cambia según la sensibilidad del tiempo histórico y de la sociedad, y es también susceptible a las modas.

Por eso de las modas, es probable y hasta esperable que a algún entendido se le ocurra incluir a Paulo Coelho en el canon (ya algunos de nuestros profesores de literatura comienzan a pedirlo para los libros de Comunicación y Literatura).

Hay quienes ven arte en las heces enlatadas de un artista.

Lo importante acá, pienso, es sentir, como en el amor.

No existe aún, pero avizoro un videojuego cuya historia sea tan intensa, cuyo universo sea tan redondo, cuya propuesta visual tan explosiva, que podamos inscribirlo en el corpus de las obras de arte. Antes de que Giovanni nos dé una lista exhaustiva, convengamos en que, por lo menos yo, esperaría una aguda y ácida indagación en la condición humana para el producto que anhelo y espero.

Yo creo que el blog goza de buena salud. Lo que pasa es que nosotros mismos no somos demasiado participativos. Somos, más bien, un poco tímidos, reservados… Vamos, hombre, digámoslo con todas sus letras: no somos dados a la pachanga, al chonguengue, al pipiripau, al bacanal de los gestos magnánimos, al exceso de las noches turbias...

Ah, y los concursos literarios, y la fama literaria, no son más que accidentes del encanto personal y el arribismo social. Por lo menos en la mayoría de los casos…

Selfmarketing creo que le dicen…



La Piojera, Santiago de Chile


En Guatemala no ocurre eso, simplemente porque ni hay espacios ni hay fama ni hay mundo y, perdón si ofendo, casi no hay escritores cuyo trabajo haya alcanzado la depuración formal, la voz propia, la exploración intensa en la vida y el lenguaje como para querer reclamar eso.

Frase de cierre, oída en un bar de Santiago, bullente y rotundo, que se llama La Piojera:

Así es la güevonada, güevón.

martes, 1 de junio de 2010

Hoy pienso en Bulmer (tipografías)

Hace un par de semanas conversaba con LG acerca de la tipografía utilizada en la novela que estaba releyendo (Ash Wednesday, de Ethan Hawke... quisiera creer que no hubo ningún tipo de elemento profético allí) en ese momento: Bulmer. Lo interesante de saber la tipografía empleada en los libros que llegan a nuestros manos, aparte de la cultura general, radica en agudizar nuestro ojo respecto del libro como tal. Aparte, existe un dejo de dignidad en retomar esa información como parte de la obra. Sé que esto aplica, principalmente, a las obras de literatura, que no reciben un tratamiento gráfico intensivo, pero igual, me parece buena idea.

viernes, 28 de mayo de 2010

Concursos y teorías

Por Javier Martínez



Siempre he estado en contra de los concursos literarios; una de mis tantas razones es que los supongo meras justificaciones para que pequeños grupos se premien y alaben mutuamente, alimentando sus egos necesitados de reconocimiento.





Creo, sin embargo, que también pueden existir concursos realmente válidos donde no haya servilismo, negociaciones bajo la mesa ni intereses editoriales de por medio. Aún, en estos casos, dichas premiaciones me siguen pareciendo absurdas porque son los jueces y el método de evaluación en sí (cualquiera que este sea) los eslabones más débiles de la cadena.



Según Wolfang Iser y su teoría de la recepción estética, el lector (juez, en este caso) no es un elemento pasivo en el proceso comunicativo de la Literatura; por el contrario, Iser lo ubica en una jerarquía similar a la del autor porque a través de su lectura la obra se crea y reinterpreta constantemente, alcanzando —de mejor o peor manera— el fin último para el que fue creada.



La Escuela de Constanza, como también se le conoce en la teoría crítica a la propuesta de Iser, nombra a este proceso semiótico como “lectura creativa”. También afirma que, como el teatro solo es teatro cuando de monta en escena, ninguna obra literaria es tal hasta que no haya sido efectivamente leída, y que cada lectura es siempre diferente: tanto porque cada persona tiene su propia interpretación como porque una misma persona que relee variará su interpretación con base a su dinámico contexto sociocultural. Queda, entonces, la obra literaria convertida en un significante maleable, lleno de “espacios vacíos” (así los llamó el propio Iser) susceptibles de recibir cualquier significado que el lector-intérprete quiera (o pueda) asignarles. ¿Qué pasa, entonces, si la obra concursante sufre de una pobre interpretación por parte del juez?



La teoría de la recepción estética implica, por lo tanto, que a pesar de cualquier esfuerzo artístico y literario del autor concursante, la evaluación de su obra estará siempre limitada a la interpretación que el juez-lector pueda darle; esto no está muy lejos, como podrán imaginarse, de la primera propuesta filosófica de Ludwig Wittgenstein cuando decía que “de lo que no se puede hablar, es mejor callar”. ¿Qué pasa si la interpretación que el autor necesita para su obra queda precisamente en esa área lingüística del juez-lector de la que Wittgenstein le aconsejaría callar?



Iser llamó “lector implícito” a este tipo de lector que limita la intensidad de la obra. Humberto Eco, por el contrario, propone que el autor dirija su obra a un lector hipotético, perfecto, ideal, cuyas competencias lectoras y cultura general sean tales que, en vez de limitar la obra, la enriquezca. A tal concepto Eco le llama “lector modelo”, pero esto no resuelve el asunto pues, de una u otra manera, todo escritor (concursante o no) espera que sus lectores sean del tipo modelo y no implícitos.



¿Cómo puede valorar un juez (o cualquier lector) una obra literaria cuando es su mismo ser lo que genera su mediocridad y no un factor intrínseco de la misma? ¿Es ingenuo el autor que presupone a sus receptores como lectores modelo y no implícitos? ¿Queda, entonces, ontológicamente degradado el arte literario en el caso de lectores y editores con interpretaciones insulsas? ¿La “obra maestra” está en la mente del lector y no plasmada en el texto? ¿Puede, según Eco, el lector modelo encontrar arte en el más pueril y panfletario de los textos como Marcel Duchamp encontró arte en un urinal? ¿Puede una misma palabra o frase generar reacciones distintas en la interpretación de cada lectura? Si tal es el caso, ¿qué pasa con lectores extraordinarios como Borges?, ¿se maravillarían ante un texto comercial porque su mente lo refiere –inexplicablemente- a mundos inefables?, ¿es el Aleph “más Aleph” ante los ojos de Borges que de Carlos Argentino Daneri?

lunes, 22 de marzo de 2010

Un "remix" literario: Orgullo y prejuicio y zombis


Esta entrada no es apta para lectores puristas. La obra clásica de Jane Austen, Orgullo y Prejuicio, recibe un tratamiento sangriento por parte del escritor estadounidense Seth Grahame-Smith. Los personajes de la Inglaterra del siglo XIX, retratada por Austen, ensimismados por cuestiones de clase, modales y otras superficialidades, ahora son acompañados por los "innombrables", entiéndase muertos vivientes... zombis. Este es el vínculo de la traducción al español (incluye una intervención muy enriquecedora de Grahame-Smith en las oficinas de Google en California). Empieza con una premisa básica: "Es una verdad universalmente reconocida que un zombi que tiene cerebro necesita más cerebros".

miércoles, 17 de marzo de 2010

Dale vuelta al mensaje

Mucho hemos discutido acerca del formato de los libros (digital versus impreso), pero los prejuicios (algunos merecidos) respecto de las nuevas generaciones de lectores son afrontados en este anuncio, creado para un sello editorial de la casa británica Penguin. Como lo especifica Mashable, este anuncio resulta un tributo a comerciales similares (uno de ellos, un mensaje político argentino), lanzados en el 2006 y el 2007, pero el concepto aplica a los retos de la industria editorial. Cómo cambia el mensaje dependiendo de cómo lo leamos (en este caso, en pantalla).




miércoles, 3 de marzo de 2010

¿Qué les parece esta noticia?


La editorial McMillan lanza una plataforma para permitir que los profesores editen los libros de texto electrónicos para hacerlos a medida de sus clases.


¿Cuántas veces hemos visto a un profesor indignarse por tal o cual cosa en un libro de texto? "Tachad eso", dirá con autoridad, "escribid lo que os voy a decir". O bien, "Sé que os dije que comprarais un libro, pero ya podéis ir fotocopiando otros dos". Ahora, la editoria McMillan lanza DynamicBooks, un proyecto que permite que el profesor se haga el libro de texto a medida y se lo pase a los alumnos en formato electrónico.

Yo leo en pantalla, ¿y vos?

Mientras reviso la tienda más grande de e-books (encuentro algunos títulos que ya he visto impresos, Checklist Manifesto de Atul Gawande, es uno de ellos), pienso en el gran esfuerzo que para mucha gente significa leer en pantalla. En este caso, me refiero específicamente a la lectura de libros enteros: desde obras de autosuperación, biografías, poesía o las obras clásicas de la literatura. Navegar por la red pone al alcance de nuestros teclados y cursores contenido gratuito, y quienes acostumbran comprar en línea en cuestión de minutos o segundos pueden conseguir versiones digitales de sus obras favoritas.

Aunque una opción de lectura sea la de imprimir el libro, quienes utilizan e-readers no encontrarán valor ni sentido en ello; leer en pantalla requiere de algunas consideraciones para proteger la vista y corregir la postura, la experiencia de leer en formato electrónico es otra onda. Siguiendo la pista de algunos de los productos mencionados, hace algunas semanas, por Giovanni Rodas, compartimos con ustedes la experiencia de un usuario del Sony e-Reader.


Sony e-Reader from pressecitron on Vimeo.