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jueves, 5 de agosto de 2010

Lógica y programación = humanística

Popularmente se tiene la impresión de que el desarrollo de dos competencias, la lógica y el lenguaje científico específicamente, pertenecen al área matemática. Incluso nuestro “bien habido” Currilum Nacional Base cae en esta tentación.

Solo quiero recordar que la lógica es, ancestralmente, una de tantas disciplinas de la Filosofía y que el desarrollo del lenguaje científico, entre ellos la programación de computadoras, se desarrolló gracias a los avances de los lingüistas de la Tradición Británica como el primer Wittgenstein y Russel. Personalmente aprendí a programar en Pascal, Cobol y Foxbase cuando estaba en básicos; lamentablemente hoy no recuerdo la mayoría de comandos pero me resultó muy útil precisamente para organizar ideas al redactar.

Acabo de leer en El Periódico un artículo interesante sobre robótica y educación; lamentablemente el periodista y el entrevistado se limitan a ligar la robótica con la Matemática, sin darle la importancia que esta tecnología puede tener en áreas humanísticas como las mencionadas e incluso en la Literatura, donde han inspirado grandes obras como I robot de Asimov y otras obras de la bandada de futuristas que surgió a inicios del siglo pasado.

El artículo en cuestión lo pueden encontrar en este link y de paso me gustaría dejar el gusanito de las ventajas promocionales que este tipo de clubes robóticos podrían tener para una casa editorial…

lunes, 12 de julio de 2010

La muerte de la poesía

Desde los anuncios publicitarios hasta la más cotidiana de las conversaciones suelen argumentar que se basan en “hechos científicos” o en datos “clínicamente demostrados”. Esta manía por “lo científico” no es nada nuevo y ya la argumentó mucho mejor Thomas Kuhn.

Sin embargo, a criterio muy personal, creo que algunas disciplinas en su afán de ser aceptadas dentro de la academia científica han renegado de sus conocimientos cualitativos (que, por supuesto, también son científicos) y han ido en pos de datos cuantitativos que poco tienen que ver con la esencia de su especialidad. Estos serían los casos de la psicometría, la sociología, la evaluación pedagógica y la lingüística, por mencionar algunos.

Además de la ciencia positiva, existen otras formas de conocimiento que también son válidas (y no hablo de la religión, como buen agnóstico, conste) pues no todos los métodos que existen son el inductivo y el deductivo. Recordemos que la “ciencia” es solo una forma más de conocer y, por cierto, una de las más nuevas y cambiantes que conoce el ser humano.

Una de estas formas “alternativas” de generar saberes es el arte (a pesar de ser milenario). Como señala Nietzsche, al racionalizar el arte (en este afán de positivizarlo todo) este pierde su esencia dionisiaca y nos enfrentamos a su muerte. ¿Cómo se racionaliza/muere el arte? ¡A través de los absurdos intentos de crear categorías o etiquetas para todo! Por lo tanto, la racionalización del arte ha llevado a su “organización” en géneros, movimientos, artes poéticas y otros engendros demoniacos similares.

Específicamente en el área de la Literatura en español, los géneros literarios se han racionalizado tanto que han terminado por crear separaciones esencialmente absurdas. Por ejemplo, actualmente la lírica se ha separado de la música; en español hoy le llamamos “letra de canción” a los poemas líricos de los músicos (ojo, no poetas) mientras que en inglés, por citar un ejemplo, aún se mantiene el término lyrics.

Esta excesiva racionalización científica –lado apolíneo- ha dejado atrás la oscuridad dionisiaca donde se acomoda (acurruca) el mito; por lo tanto, el arte se ha desmitificado.
En lo personal, experimenté esta disociación cuando en la UVG se me negó el permiso para hacer mi tesis de Literatura sobre la lírica del rock guatemalteco de la década de 1990; me dijeron, básicamente, que eso “no era poesía sino música”.


P.D.: hablando de Nietzsche, si la ciencia mató a Dios… ¿qué pasará cuando se sacralice la ciencia (como en la Cienciología)?

viernes, 21 de mayo de 2010

De mayúsculas diacríticas y otros demonios


Por Javier Martínez

El otro día un autor me planteó una duda interesante. En un texto él escribió “Constituciones políticas” (así, en plural) con mayúscula a la mitad de una oración. Yo entiendo que Constitución lleva mayúscula por ser el nombre propio del documento o, que es lo mismo, por ser el título de dicha publicación. Sin embargo, al variar el término al plural deja de ser el nombre propio de una ley y, al mismo tiempo, tampoco permite aplicársele el caso de la mayúscula diacrítica que distingue entre “la Constitución” y cualquier otra constitución en cuanto a que se refiere a un conjunto de constituciones donde cada una tendrá su respectivo nombre propio.



Tal caso me llevó a plantearme: la mayúscula diacrítica nos permite diferenciar entre el sustantivo común cuando se presenta en baja y el propio cuando está en alta; esto significa que “En el aula se eligió un presidente” la palabra “presidente” tiene una función distinta a “El distinguido Presidente entró en el salón”. Y he aquí la duda existencial: ¿y si son dos presidentes? ¿Debería decir: “Los distinguidos Presidentes entraron al salón” en el sentido que hago referencia a las personas, con nombre propio, y no al sustantivo común? Sorpresa: la RAE dice que sí, que estos casos llevan mayúsculas. Encontré, gracias a la sugerencia del mismo autor nicaragüense que planteó la interrogante, que en el Diccionario Panhispánico se ofrece el siguiente ejemplo: “Europa es importante para los Gobiernos, pero sobre todo para los ciudadanos”.
Presenté la duda a Luis Guillermo, quien correctamente me sugirió guiarme por un criterio pragmático (en cuanto la disciplina lingüística, Pragmática). Si no entendí mal, su opinión era que la mayúscula diacrítica permite distinguir entre dos acepciones de un mismo vocablo y que, a menos que en el contexto exista la posibilidad de confundir al lector, da lo mismo usar la mayúscula o la minúscula; esto sumado al “uso excesivo de la mayúscula” me lleva a elegir la minúscula.

En este sentido, comprendo y creo que su opinión es totalmente coherente con la Lingüística Moderna de Saussure donde lo que importa es lograr la comunicación en sí. Pero ahora me pregunto, ¿es este el sentido real de la función diacrítica en la semántica? Pensemos en el caso de los pronombres. Planteo: si la tilde diacrítica me permite distinguir entre “el” (artículo) y “él” (pronombre) pero uso dependiera del contexto, entonces puedo escribir: “Cuando el venga podremos irnos” en cuanto que ese pronombre “el” no podrá confundirse con un artículo en el contexto de la oración planteada. Pareciera que esta lógica, aunque engañosa, se corrobora con el caso de “solo” y “sólo” que entre nosotros se utiliza indistintamente sin tilde precisamente por el mismo criterio diacrítico-contextual.